Berenice Celeyta

Desde Cali

Hace más de diez años que PBI acompaña a Berenice Celeyta, defensora de derechos humanos, lideresa activa e incansable vocera del movimiento social caleño y nacional.

Hace dos años iniciamos un proceso de acercamiento que culmina con la firma de un convenio de acompañamiento a la Asociación para la Investigación y la Acción Social Nomadesc, de la cual Berenice es presidenta. Desde hace un año estamos también acompañando al equipo misionero del Valle del Cauca de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz. Esos acompañamientos entre otros factores han conducido a nuestra decisión de abrir una oficina en Cali.

Cauca y Valle del Cauca se extienden por el cordón del Pacífico y la región andina en donde se libra, según la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes), «una buena parte de la confrontación armada reciente».

Llegué al equipo de Medellín en junio de 2010 cuando estaba germinando la idea de una exploración más a fondo del Suroccidente del país. De reuniones en acompañamientos por la zona y de decisiones en decisiones, paso a paso hemos consolidado nuestro análisis y en marzo de 2011 abrimos una oficina en Cali. Desde la terraza de nuestra casa recién estrenada observo ahora las montañas caleñas mientras pienso en el camino y el trabajo que supuso nuestra llegada.

Recuerdo el calor de las primeras visitas a Cali, los días de conocer los barrios, visitar apartamentos, estudiar las condiciones de seguridad de los posibles alojamientos. Recuerdo nuestra primera cena en casa con Dan, otro voluntario de mi equipo, en los principios de lo que llamamos el período de “rotación”. Durante un año hemos ido y venido entre Medellín y Cali para estar siempre como mínimo dos personas en el sur, nunca el mismo par, siempre saliendo con los mensajes de los compañeros que se quedaban en Medellín —«¡Buen viaje, Alice! ¡Nos vemos en tres semanas! ¡Muchos saludos por ahí!»—, siempre regresando y encontrando un equipo cambiado por esta rotación y por los acontecimientos durante nuestra ausencia. Y entonces: «¡Hola Alice! ¿Ya de regreso? ¡Pasó rápido! ¿Cómo te fue? ¿Pudiste dormir en el bus?». Ah, el bus, las nueve horas de bus… Nunca pudimos decidir qué compañía iba más rápido, ponía las películas menos horribles, tenía los asientos más cómodos o más lugar para las piernas de voluntarios que muchas veces superan sobradamente el promedio de tamaño de la población colombiana.

Aquí estamos. Desde las alturas del Norte de Cauca observamos la belleza del embalse de La Salvajina, construido en los años setenta que ha afectado a tantas comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas de la región. Desde el calor de la selva del Valle, digiriendo por tercera vez en el día arroz, pescado y papa china, observamos el río Calima; sus orillas han sido testigo de crímenes que ahuyentaron a poblaciones enteras desplazándolas a los barrios marginados del mal nombrado puerto de Buenaventura. Los bosques atraen a quienes los van a cortar, los ríos atraen a quienes los van a desviar o encerrar y producir electricidad con sus cursos, las montañas atraen a quienes les van a abrir el vientre para encontrar plata, carbón u oro. Las zonas francas instauradas por el Gobierno colombiano atraen a todos con las facilidades fiscales y contractuales que otorgan. Territorios tan ricos en recursos naturales atraen y, forzosamente, expulsan.

Me llevaré tres imágenes de esta experiencia inolvidable. La montaña oriental de Medellín a las seis de la tarde cuando el rojo del sol se une al verde de sus bosques; la montaña absolutamente negra de las orillas de La Salvajina sin ninguna luz de viviendas, con la pálida iluminación de la luna; y el Nevado del Huila que emergió mágicamente del mar de nubes que lo rodea por unas horas después de siete años de esconderse de los caleños y cuya belleza nos obligó a parar el bus una tarde de noviembre en la que cincuenta personas volvíamos de la conmemoración de una masacre en la vía a Buenaventura.

- Alice

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